De vez en cuando se agradece ver una
película, sobria, de ambientación medieval. Esas en las que las
armaduras son escasas, deslucidas y heterogéneas; la mayoría
heredadas de padres e incluso abuelos, solo unas pocas como testigos de la mejor tecnología del momento.
En ellas el idealista es tomado por
loco, alguien temido por lo que evidencia y secretamente admirado por
ignorar todo cuanto contradiga su sistema de creencias, sea este
religioso o pagano.


